Citas de El hombre en busca de sentido
Una selección personal de pasajes destacados de El hombre en busca de sentido, de Viktor E. Frankl.

Prefacio
De esa observación dedujo que no es el sufrimiento en sí mismo el que madura o enturbia al hombre, es el hombre el que da sentido al sufrimiento. Hasta tal punto resulta esencial la postura del hombre que Frankl le arrancó al Lager una gran lección existencial: «El sufrimiento, en cierto modo, deja de ser sufrimiento cuando encuentra un sentido...».
El sentido de la vida, en su acepción frankliana, es así de natural: amores, amistades, proyectos, obligaciones, ilusiones, nostalgias..., todo aquello capaz de servir de palanca para la acción concreta y cotidiana.
«No hay nada en el mundo que sea tan capaz de consolar a una persona de las fatigas internas o las dificultades externas como el tener conocimiento de un deber específico, de un sentido muy concreto, no en el conjunto de su vida, sino aquí y ahora, en la situación concreta que se encuentra».
Primera parte. Un psicólogo en un campo de concentración
Las personas de mayor sensibilidad, acostumbradas a una activa vida intelectual, posiblemente sufrieran muchísimo (a menudo su constitución era frágil); sin embargo, el daño infligido a su ser íntimo fue menor, pues eran capaces de abstraerse del terrible entorno y adentrarse, a través de su espíritu, en un mundo interior más rico y dotado de paz espiritual. Solo así se explica la aparente paradoja de que los menos fornidos soportaran mejor la vida del campo que los de constitución más robusta.
el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Percibí entonces, en toda su profundidad, el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias intentan comunicar: la salvación del hombre consiste en el amor y pasa por el amor. Comprendí que un hombre despojado de todo todavía puede conocer la felicidad—aunque sea solo por un instante— si contempla al ser amado. Incluso en un estado de desolación absoluta, cuando ya no cabe expresarse mediante una acción positiva, cuando el único logro posible consiste en soportar dignamente el sufrimiento, en tal situación, el hombre es capaz de realizarse en la contemplación amorosa de la imagen de la persona amada. Por vez primera entendí el significado de las palabras: «Los ángeles se abandonan en la eterna contemplación amorosa de la gloria infinita».
el amor trasciende la persona física del ser amado y halla su sentido más profundo en el ser espiritual, el yo íntimo. Que esté o no presente esa persona, que siga viva o no, en cierto modo carece de importancia.
Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que—insensible a la noticia— habría seguido contemplando su imagen y hablando con ella con igual viveza y satisfacción. «Ponme de sello sobre tu corazón [...] pues fuerte es el amor como la muerte» (Cantar de los cantares 8,6).
Si en un supremo esfuerzo por conservar la dignidad, el prisionero no luchaba por mantener sus principios, terminaba por perder la conciencia de su individualidad— un ser con mente propia, con voluntad e integridad personal— y se consideraba una simple fracción de una enorme masa de gente: la vida descendía al nivel animal.
Un hombre contaba solo por su número de prisionero, uno se convertía literalmente en un número: estar vivo o muerto, eso carecía de importancia, porque la vida de un «número» era del todo irrelevante.
al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la libertad humana—la libre elección de la acción personal ante las circunstancias— para elegir el propio camino.
Precisamente esa libertad interior, que nadie puede arrebatar, confiere a la vida intención y sentido.
Pero también atesora sentido una vida exenta de creación o contemplación, que solo admite una única capacidad de respuesta: la actitud de mantenerse erguido ante su inexorable destino, como por ejemplo en un campo de concentración. En esas condiciones, al hombre se le niega el valor de la creación o de la vivencia, pero aun así la vida ofrece un sentido. De manera que todos los aspectos de la vida son significativos; también el sufrimiento. Si hay un sentido en la vida, entonces debe haber un sentido en el sufrimiento. La experiencia indica que el sufrimiento es parte sustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos, la existencia quedaría incompleta.
La actitud con la que un hombre acepta su destino y el sufrimiento que este conlleva, la forma en que carga con su cruz, comporta la singular coyuntura—incluso en circunstancias muy adversas— de dotar de sentido profundo a su vida. Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad o, arrastrado en la amarga lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana y actuar como un animal, como sucede con los prisioneros de los campos. En esa decisión reside la oportunidad de atesorar o despreciar los valores morales que su dolorosa situación y su duro destino le brindan para su enriquecimiento interior. Y eso determina si será o no digno de sus sufrimientos.
Continuaba recordando una película que había visto en la que el protagonista encaraba la muerte con dignidad y coraje. En ese entonces pensaba en el privilegio que suponía enfrentarse a la muerte con esa dignidad, y ahora—escribía— el destino le brindaba una oportunidad semejante.
Ya hemos dicho que, en última instancia, la causa del estado de ánimo del prisionero no era solo consecuencia de los factores psicofísicos antes mencionados, sino fruto de una libre decisión.
Evidentemente, solo unos pocos conseguían alcanzar esas cimas de desarrollo espiritual. Pero los que la alcanzaban conquistaban la grandeza humana, a pesar de su aparente fracaso o de su muerte; una hazaña que quizá nunca hubieran logrado en circunstancias ordinarias.
convertir esa tremenda experiencia en una victoria, transformarla en un triunfo interior, o bien desdeñar la experiencia y limitarse a vegetar, como hicieron casi todos los prisioneros.
Es propio del hombre poder subsistir al cobijo de la esperanza en el futuro: sub specie aeternitatis. Ahí radica la clave de la salvación en los momentos más difíciles, aunque a veces haya que servirse de algún truco para lograrlo.
Me deprimía sentirme afectado, día y noche, por esos triviales asuntos. Me obligué a pensar en otras cosas.
Al delimitar científicamente los hechos, lo que me oprimía cobraba relieve y una cierta perspectiva. Con ese método conseguía distanciarme de la situación y superar de algún modo el sufrimiento, contemplándolo como si ya hubiera sucedido.
El prisionero que perdía la fe en el futuro—en su futuro— estaba condenado. Con la quiebra de la esperanza faltaba, asimismo, la fuerza del asidero espiritual; se abandonaba y decaía y se convertía en un sujeto aniquilado, física y mentalmente.
Quienes conocen la estrecha relación entre el estado de ánimo de una persona—su valor y su esperanza, o la falta de ambos— y la capacidad de su sistema inmunológico comprenderán que la pérdida repentina de esperanza puede desencadenar un desenlace mortal.
Debemos aprender por nosotros mismos, y enseñar a los hombres desesperados, que en realidad no importa lo que esperamos de la vida, sino que importa lo que la vida espera de nosotros. Hablando en términos filosóficos podríamos decir que se trata de una especie de giro copernicano: tenemos que dejar de preguntar por el sentido de la vida y en su lugar percatarnos de que es la vida la que nos plantea preguntas, cada día y a cada hora. Preguntas a las que no hemos de responder con reflexiones o palabras, sino con el valor de una conducta recta y adecuada. En última instancia, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la vida plantea, cumpliendo la obligación que nos asigna.
«Vida» no significa algo vago, sino real y concreto, del mismo modo que las tareas que nos impone son muy reales y concretas. Ellas conforman el destino de cada hombre, que es distinto y único para cada cual. Un hombre no puede compararse con otro hombre, ni un destino con otro destino. Ninguna situación se repite, cada situación reclama una respuesta diferente. Una situación puede exigir al hombre que construya su propio destino con determinado tipo de acciones, que aproveche la oportunidad y lo trace simplemente contemplándolo y vivenciándolo. O también puede ser que se le pida sencillamente aceptar su destino, cargar con su cruz. Cada situación es única e irrepetible, y para cada una existe una única respuesta adecuada.
Ya habíamos superado la ingenua etapa de creer que el sentido de la vida consiste en alcanzar un objetivo a través de la creación de algo valioso. Nuestro sentido abarcaba los amplios círculos de la vida y la muerte, del sufrir y del morir. Ahí se entablaba nuestra lucha.
Esta unicidad y esta singularidad que diferencian a cada individuo y que confieren un sentido a su vida se fundamentan en el trabajo creador y en la capacidad de amar.
Les aseguré que en las horas difíciles siempre había alguien—un amigo, una esposa, una persona viva o muerta, o un dios— que observaba nuestro comportamiento y no querría sentirse decepcionado; al contrario, confiaba en que sabríamos sufrir con orgullo—no miserablemente— y que moriríamos con dignidad.
Con lo expuesto podemos concluir que hay dos razas de hombres en el mundo, solo dos: la de los hombres decentes y la de los indecentes. Ambas se mezclan en todas partes y en todas las capas sociales.
Segunda parte Conceptos básicos de logoterapia
Lo que el hombre necesita no es vivir sin tensión, sino esforzarse y luchar por una meta que merezca la pena.
Pensemos, por ejemplo, en la «neurosis dominical», esa especie de depresión que aflige a algunas personas al cesar su trajín durante la semana y encontrarse, en el fin de semana, con una intimidad vacía de sentido.
Si consideramos, pues, que toda situación plantea una cuestión que solo la persona puede responder, el sentido de la vida también puede entenderse desde el ángulo opuesto. En última instancia, el hombre no debería cuestionarse sobre el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien la vida interroga. En otras palabras, la vida pregunta por el hombre, cuestiona al hombre, y este contesta de una única manera: respondiendo de su propia vida y con su propia vida. Solo con la responsabilidad personal se puede contestar a la vida. De modo que la logoterapia considera que la esencia de la existencia consiste en la capacidad del ser humano para responder responsablemente a las demandas que la vida le plantea en cada situación particular.
La autorrealización, por sí misma, no puede ser una meta. El mundo no debe considerarse como expresión de uno mismo, ni como mero instrumento, ni un medio para la autorrealización.
Ser hombre implica dirigirse hacia algo o alguien distinto de uno mismo, bien sea para realizar un valor, bien para alcanzar un sentido o para encontrar a otro ser humano. Cuanto más se olvida uno de sí mismo—al entregarse a una causa o a la persona amada—, más humano se vuelve y más perfecciona sus capacidades.
En otras palabras, la autorrealización no se logra como un fin, sino que es el legítimo fruto de la trascendencia.
El amor es la única vía para llegar a lo más profundo de la personalidad de un hombre. Nadie conoce la esencia de otro ser humano si no lo ama. Por el acto espiritual del amor se contemplan los rasgos esenciales de la persona amada; incluso su potencialidad, lo que aún no ha sido revelado. Aún más: mediante el amor, la persona que ama capacita al amado a actualizar sus posibilidades ocultas. El amor consigue que el otro realice su potencialidad personal.
Cuando hay que enfrentarse a una situación inevitable, inapelable e irrevocable (una enfermedad incurable, un cáncer terminal), la vida ofrece la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo: aceptar el sufrimiento. El valor no reside en el sufrimiento en sí, sino en la actitud frente a él, en la capacidad de soportarlo.
El sufrimiento, en cierto modo, deja de ser sufrimiento cuando encuentra un sentido, como ocurre en el sacrificio.
La vida que depende del azar no merece ser vivida».
El logos es más profundo que la lógica.
De las múltiples posibilidades presentes en cada instante, el hombre renuncia a algunas y rescata otras para la realización. ¿Cuál de ellas, por la elección del hombre, se volverá una acción imperecedera, una «huella inmortal en la arena del tiempo»? En todo momento el hombre debe decidir, para bien o para mal, cuál será el monumento de su existencia.
Ahora bien, este procedimiento debe aprovechar la capacidad específicamente humana de distanciarse de sí mismo, esa capacidad de distanciarse de sí mismo es un efecto inherente al sentido del humor y se actualiza siempre que se aplica la técnica logoterapéutica denominada «intención paradójica». Al mismo tiempo, capacita al paciente para distanciarse de su propia neurosis. Gordon W. Allport escribió: «El neurótico que aprende a reírse de sí mismo puede estar en camino de gobernarse a sí mismo, tal vez de curarse».
En los campos de concentración, en aquel laboratorio vivo, en aquel banco de pruebas, observamos y fuimos testigos de la actitud de nuestros compañeros: mientras unos se comportaron como cerdos, otros lo hicieron como santos. El hombre goza de ambas potencialidades. De sus decisiones, y no tanto de las condiciones, depende cuál de las dos sale a la luz.