La agonía de Jesús en el Huerto de los Olivos
Un libro breve, con muy buenas reflexiones para ejercitar la mortificación, es decir, la capacidad de afrontar la enfermedad y la muerte.
Ofrece una buena perspectiva del plan de Dios para nosotros y de su infinito amor personal por cada uno.
La lectura me lleva también a una pregunta inevitable: si Dios nos ama, ¿por qué no elimina simplemente la enfermedad y el sufrimiento físico? Una imagen que me ayuda a pensar en ello es la del viejo Populous. Si yo fuera uno de aquellos pequeños personajes del mapa, esperaría algo más que permanecer eternamente encerrado en ese mundo pixelado. Desde dentro pediría mejores condiciones, menos dolor y una partida más confortable. Pero el creador del juego contempla una realidad que el personaje no puede abarcar.
Nosotros pediríamos a Dios mejores condiciones dentro de Populous. Dios ofrece algo infinitamente mayor: sacarnos de los límites de Populous. Quizá el error sea pedirle que haga confortable nuestra permanencia eterna dentro de un mundo que nunca estuvo destinado a ser nuestra morada definitiva.
La comparación recuerda al mito de la caverna de Platón: desde dentro de nuestra experiencia vemos una parte de la realidad y tendemos a confundirla con el todo. Pero esto no significa que el mundo sea falso ni que el sufrimiento carezca de importancia. El cristianismo afirma que la creación es buena, pero está herida. El sufrimiento inocente es real. La enfermedad es real. La muerte es real. El cristianismo no afirma que el mal sea irreal; afirma que no será definitivo.
Aquí Getsemaní adquiere para mí una fuerza especial. Imagina que el programador de Populous no se limitara a observar el mapa desde arriba, sino que pudiera convertirse realmente en uno de aquellos pequeños personajes pixelados. Que naciera allí. Que tuviera hambre. Que sintiera miedo. Que sufriera. Que muriera. Y que, desde dentro del propio mundo, abriera una salida hacia una realidad que los personajes jamás habrían podido alcanzar por sí mismos. Eso se aproxima mucho más a la afirmación cristiana de la Encarnación.
En Getsemaní, el Creador no explica intelectualmente el sufrimiento desde fuera. Lo experimenta. Cristo conoce la angustia, el miedo, el dolor y finalmente la muerte. El Dios cristiano no contempla el sufrimiento de sus criaturas desde fuera de Populous: entra personalmente en el juego.
Por eso una curación y la Resurrección no dicen exactamente lo mismo. Una curación dice: «Esta enfermedad no tendrá ahora la última palabra». La Resurrección dice: «La muerte misma no tendrá la última palabra». Cristo no viene simplemente a prolongar indefinidamente nuestra existencia dentro del sistema; viene a vencer la muerte misma.
El sufrimiento no es bueno, pero puede hacer posibles respuestas humanas extraordinariamente buenas: amor, entrega, compasión, fidelidad o esperanza. El mundo actual no es el mundo terminado. Dios no parece prometer un mundo en el que nada pueda hacernos daño; promete que ningún daño podrá destruir finalmente aquello para lo que fuimos creados.
Ésa es una de las ideas que este pequeño libro me ayuda a contemplar mejor. La mortificación cristiana no consiste en negar el dolor ni en llamarlo bueno. Consiste también en aprender a atravesarlo con la mirada puesta más allá de sus límites. El mal puede ser real sin ser definitivo.
